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viernes, 7 de marzo de 2014

Te quiero país de barro, aunque ser argentino sea estar triste.




 Julio Cortazar (1967)

LA PATRIA
Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.
Pobres negros.
Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, 
escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes 
primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, 
obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en 
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.
Liquidación forzosa, se remata hasta lo último.
Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate 
con su verde consuelo, lotería del pobre, 
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos, 
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

(1967)

Julio Cortázar

martes, 28 de junio de 2011

Bipolaridad Argentina y Autoestima


El doctor Jorge García Badaracco, fue uno de los grandes referentes de la psiquiatría argentina. 
Estudió con Lacan, Houssay y Leloir. En este reportaje de octubre del 2005 afirmaba que la identidad del tango que nos representa es "la de un pobre diablo" y que como argentinos, si tenemos oscilaciones bipolares es por falta de autoestima:
 ¿Necesitamos emular figuras porque nos sentimos inferiores?
–Padecemos de anomia, que es la falta de valores culturales. Porque la Argentina no era un país respecto del cual se pudiera hablar de anomia. Ha ido ocurriendo una mediocrización. Por ejemplo, la pobreza se fue generalizando. La falta de formación de la personalidad se vincula con la escuela. El deterioro de la educación en general es algo que todo el mundo ve cada vez con más pena, con preocupación y con alarma. ¿Adónde vamos y cómo vamos? Se puede concluir diciendo que los argentinos necesitamos esas figuras para levantar nuestro ego, bastante deteriorado.
–¿Se puede hablar de la sobrevaloración como signo de debilidad?
–Desde ya. Ese es un mecanismo psicológico individual. La persona que se siente insegura trata de agarrarse de algo para poder figurar, para poder aparecer como alguien mejor, con mejor imagen. Creo que en ese sentido somos un país muy joven. Nuestra historia es mucho más corta, y la identidad argentina no es tan fuerte como la de un francés, un italiano. Italia tiene el Dante, los ingleses tienen a Shakespeare, y los alemanes tienen a Goethe. Nosotros tenemos un poquito, pero es mucho menos. Además, tampoco sabemos valorar bien lo que tenemos. Entonces, se da un conjunto de factores como para que los argentinos no tengamos un respaldo, ni como historia ni como identidad. (leer el reportaje completo)

miércoles, 8 de junio de 2011

HAGAMOS NUESTRA PROPIA HISTORIA





¿Estamos hoy los argentinos y argentinas haciendo nuestra propia historia? ¿O seguimos siendo hombres y mujeres a los que la historia les pasa como si fueran objetos inermes incapaces de producir algo nuevo? Alguien dijo alguna vez que en épocas de cambio, crisis y transformaciones los hombres recurren a tomar su poesía del pasado en lugar de inventar la poesía de su presente y futuro. Quizás habría que dejar, aunque sea por un momento de dejar de pensar tanto en el pasado y ponerse a pensar qué hacemos con nuestro presente.... (leer más) por  LUIS GARCIA FANLO - Sociólogo 



martes, 31 de mayo de 2011

LAS CLAVES DE LA RESILIENCIA: EL OXÍMORON

RESILIENCIA

La resiliencia es la capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves. La resiliencia se sitúa en una corriente de psicología positiva y dinámica de fomento de la salud mental y parece una realidad confirmada por el testimonio de muchísimas personas que, aún habiendo vivido una situación traumática, han conseguido encajarla y seguir desenvolviéndose y viviendo, incluso, en un nivel superior, como si el trauma vivido y asumido hubiera desarrollado en ellos recursos latentes e insospechados. Aunque durante mucho tiempo las respuestas de resiliencia han sido consideradas como inusuales e incluso patológicas por los expertos, la literatura científica actual demuestra de forma contundente que la resiliencia es una respuesta común y su aparición no indica patología, sino un ajuste saludable a la adversidad.

"A pesar de traumas graves, incluso muy graves, o de desgracias más comunes, la resiliencia parece una realidad confirmada por muchísimas trayectorias existenciales e historias de vida exitosas. De hecho, por nuestros encuentros, contactos profesionales y lecturas, todos conocemos niños, adolescentes, familias y comunidades que "encajan" shocks, pruebas y rupturas, y las superan y siguen desenvolviéndose y viviendo -a menudo a un nivel superior- como si el trauma sufrido y asumido hubiera desarrollado en ellos, a veces revelado incluso, recursos latentes y aun insospechados".
(Michel Manciaux. La resiliencia: ¿mito o realidad)

Boris Cyrulnik ha realizado aportes sustantivos sobre las formas en que la adversidad hiere al sujeto, provocando el estrés que generará algún tipo de enfermedad y padecimiento. En el caso favorable, el sujeto producirá una reacción resiliente que le permita superar la adversidad. Su concepto de "oxímoron", que describe la escisión del sujeto herido por el trauma, permite avanzar aún más en la comprensión del proceso de construcción de la resiliencia, a la que le otorga un estatuto que incluye entre los mecanismos de defensa psíquicos, pero, aclara, más concientes. Estos corresponderían en realidad a los mecanismos de desprendimiento psíquicos, descriptos por Edward Bibring (6), que a diferencia de los mecanismos de defensa, apuntan a la realización de las posibilidades del sujeto en orden a superar los efectos del padecimiento.

En la visión de Cyrulnik la resiliencia significa un mensaje de esperanza "porque en psicología nos habían enseñado que las personas quedaban formadas a partir de los cinco años. Los niños mayores de esa edad que tenían problemas eran abandonados a su suerte, se les desahuciaba y, efectivamente, estaban perdidos. Ahora las cosas han cambiado: sabemos que un niño maltratado puede sobrevivir sin traumas si no se le culpabiliza y se le presta apoyo". La historia explica el presente pero nunca cierra el futuro. (leer todo el artículo)


EL ARTE COMO HERRAMIENTA DE CAMBIO




Moira Rubio Brennan (Buenos Aires, 1976) estudia fotografía desde 1999 y realiza diversos cursos de expresión y técnica fotográfica con reconocidos fotógrafos argentinos.
Después de trabajar varios años en la administración publica atravesando la crisis del 2001, decide sumarse al proyecto fotográfico iniciado en Ciudad Oculta en agosto de 2000. Desde el 2002, codirige los programas llevados a cabo por el proyecto que en 2004 obtiene su personería jurídica y pasa a ser la Fundación ph15.

La Fundación ph15 está conformada por un grupo de personas que cree en la educación a través del arte y en su utilización como medio de inclusión social.
Los talleres de artes visuales brindados por ph15 poseen un carácter totalmente innovador, tanto por su didáctica de trabajo como por ser una experiencia que posibilita un espacio de integración, desarrollo de la identidad y de la expresión artística a chicos de muy bajos recursos.

domingo, 29 de mayo de 2011

Razones para la Esperanza

por Sergio Berensztein



Los procesos de aprendizaje nunca son lineales. A menudo las sociedades maduran grandes transformaciones indescifrables para sus contemporáneos. 


A menudo lo esencial es invisible a los ojos. Abrumados por el vértigo de una realidad objetivamente difícil, solemos entregarnos a la resignación y el desasosiego, perdiendo de vista otros elementos que, analizados con más distancia y menos pasión, podrían brindarnos una impresión mucho más esperanzadora acerca de lo que en verdad es y puede llegar a ser el futuro de la Argentina.


El Bicentenario nos encuentra con un sabor amargo poco novedoso. Venimos arrastrando la sensación de que el nuestro es un país sin destino, los argentinos no aprendemos más de nuestros errores y no hay motivos para pensar que las cosas vayan a cambiar en el corto plazo.
Pero se trata de una sensación un tanto injusta e incluso exagerada. Vale preguntarnos si la Argentina alcanzó alguna vez en el pasado los niveles de democratización de hoy. Podríamos enumerar una dilatada lista de asignaturas pendientes en materia de calidad institucional, debilidad de los partidos políticos, falta de transparencia, preocupantes retrocesos recientes en materia de libertad de expresión y desarrollo de nuevos enclaves autoritarios. Sin embargo, es indudable que luego de más de cinco lustros de continuidad institucional, de haber consagrado una nueva Constitución y de haber superado el desafío de la alternancia en el poder, la democracia es hoy más sólida que nunca antes en el pasado. No existen actores políticos y sociales mínimamente relevantes que planteen su supresión parcial o total.
Hoy ya nadie se anima a defender la violencia como un método legítimo en la lucha por el poder. Más aún, a pesar de haberse convertido en una máquina pesada, carísima, arbitraria, opaca e indisimulablemente manipulada por intereses mezquinos, el aparato del Estado ya no alberga en sus entrañas a aquellas falanges irracionales que con distinto nombre, pretextos e ideologías han perseguido, torturado, violado e incluso asesinado personas por pensar diferente.
En efecto, la idea fuerza "Nunca más" terminó por convertirse en una suerte de inscripción imaginaria en nuestra bandera, que nos protege de nuestros propios instintos y hasta nos proyecta en el mundo como un ejemplo de valentía y apuesta heroica por la justicia y la razón(leer más)

jueves, 26 de mayo de 2011

Página 12: Ser Argentinos es una piedra en el zapato.

Sacarse los zapatos

Por Sandra Russo
Desde que tengo uso de razón me aprietan los zapatos.
Ser argentino es como haberse comprado zapatos nuevos. Duros y en punta. Ideales para que a una la pasen a buscar en auto y la depositen en un cine o en un restaurante, pero fatales si el programa es caminar sin rumbo fijo. Ser argentino es caminar sin rumbo fijo, pero con zapatos nuevos. Ser argentino es una piedra en el zapato. Una molestia permanente que no nos deja concentrar en el paisaje, ni en el día extraordinario que acaso nos ha tocado en suerte, ni en esa callecita tentadora, ese pasaje de nombre raro que no figura en la Guía Peuser. La Argentina es un pasaje que no figura en la Guía Peuser. Una curiosidad geográfica, política y social, una sorpresa cultural, un desconcierto fenomenal a la hora de atajar el talento. El talento argentino chorrea a borbotones y es malo y es bueno. Es bueno porque es mucho y de tanto que es, se sale de cauce. Por eso mismo es malo. Porque termina desaprovechado y porque, por si eso fuera poco, como solían decir los talentosos vendedores ambulantes, encima está sobreestimado: es mucho pero creemos que es muchísimo. Ser argentino es arreglarse con poco y tener grandes ideas. Y no poder llevarlas jamás a cabo. Es estar en el medio del río y no ver una luz, como los uruguayos, que según Jorge Drexler cantó en la entrega del Oscar, creen haber visto esa luz al otro lado. Los argentinos no vemos lucecitas. Vemos estrellas fugaces. Somos de encandilarnos. De enceguecernos. De llevarnos todo por delante. Las lucecitas siempre nos parecen poca cosa. Los argentinos tenemos grandes expectativas. Tantos climas y tantas esperanzas. Y la realidad nos torea y lo que hay es menos, siempre menos de lo que hemos soñado. Ser argentino es haberse desilusionado. Es haber creído que estábamos para el campeonato. No se puede creer cuando nos eliminan en cuartos de finales. ¿No éramos los mejores? Pareciera que no. Pareciera que prometíamos. Como antes, como hace tanto, como cuando no habíamos nacido, pero el granero del mundo pintaba para potencia. Y mirá lo que quedó. Pendejos cartoneando. Pendejos haciendo malabares. En los semáforos, ellos hacen que saben tirar las pelotitas como si fueran del Sarrasany. Pero las pelotitas se les caen y dan pena, y algunos ni los miran, pero otros les ponen la moneda de veinticinco centavos en la mano precisamente porque las pelotitas se les caen, porque no son payasos, porque te parte en dos el patetismo de la gracia mal hecha. El papelón por veinticinco, ¿quiere que se lo haga de nuevo? Cuando corte el semáforo, ellos van a volver a hacer lo que saben. Qué van a saber, si tienen siete años. Ser argentino es quedarse pensando en ese chico y también es olvidarse. Es tener memoria del horror y desmemoria. Es tener conciencia de que hoy no se chupan a nadie por pintar una pared pero putean porque cortan una calle. Es vivir con la soga al cuello porque nunca, nunca en estos años se logró exterminar el bicho autoritario. Ese bicho que nos sale de adentro, del intestino del país, esa bacteria comecarne que no mata ideas pero mata gente. Acribillada o de hambre. Ser argentino es no haber terminado de sacarse la faja. Vivir fajado para no decir todo lo que uno piensa. Ser argentino es no querer escuchar la verdad cruda. Es apenas aceptar la verdad razonable. Es desnudarse a medias, dejarse los zoquetes puestos en una noche de frenesí. Ser ridículo. Eso es ser argentino. Capitanes Beto con fotos de Gardel rumbo al espacio. Es estar orgullosos de Ginóbili (de Manu) porque triunfa en EE.UU. y repetir como pelotudos que inventamos el colectivo, el dulce de leche y las huellas digitales. Es ser poquita cosa pero con una soberbia obesa. Ser argentino es andar con zapatos nuevos como la democracia que ya anda por la mediana edad y sin embargo parece una quinceañera atolondrada que en cualquier momento vendrá a decirnos que quedó embarazada. ¿De qué estará embarazada esta democracia nuestra? ¿Qué parirá? ¿Un mañana más amable para la mayoría o un monstruo que la devore?
Ser argentino es haberse comprado zapatos nuevos y salir a caminar sin rumbo fijo. Es maldecir esta naturaleza de comprador compulsivo. Es hacer facha con los zapatos nuevos cuando lo único que NOS haría felices sería olvidarnos que tenemos pies, y andar ligeros, cómodos, reconciliados con el modesto piso que pisamos.
Ser argentino es pedir lo imposible, ser realistas.