viernes, 28 de junio de 2013

Los argentinos según el Papa Francisco






por Juan Arias (Diario EL PAIS Junio 2013)

Dos años antes de ser papa, el entonces cardenal arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio, dijo al rabino Skorka lo que él pensaba de los argentinos.

Cada vez que en el libro "Sobre el Cielo y la tierra" , Francisco hace alusión a su país, Argentina, lo hace con una mezcla de amor, dolor y pasión.

Se ha aireado el tópico de que ahora el Papa es de todos y que por tanto no tiene más nacionalidad. No es así. Todos los papas del pasado han seguido manteniendo vivo su origen.

Basta pensar al papa polaco, Karol Wojtyla, al italiano, Giovanni Montini, o a los primeros papas procedentes del Oriente. Así, Bergoglio, se presenta siempre como argentino y cuando habla de los argentinos lo hace con sentimientos fuertes de pertenencia.

Las críticas van dirigidas si acaso a los políticos de turno o a los religiosos burgueses y acomodados.

A sus gentes las ama y las analiza con agudeza y cariño a la vez.

En el prólogo titulado "El frontispicio como espejo", recuerda que en la catedral metropolitana de Buenos Aires, se reproduce la historia bíblica de José con sus hermanos. Y comenta: “Décadas de desencuentro confluyen en ese abrazo".


Para Francisco "Hay llanto de por medio y también una pregunta entrañable: “¿Aún vive mi padre?”, la pregunta que José hace a sus hermanos.

Francisco recuerda al rabino Skorka que aquella escena fue colocada allí en el frontispicio de la catedral bonaerense, como el “anhelo de encuentro de los argentinos”, ya que la escena “apunta al trabajo por instaurar una “cultura del encuentro”.

Y ahí el Papa dice: “Varias veces aludí a la dificultad que los argentinos (en primera persona) tenemos para consolidar esa cultura del encuentro”.

Y al dolor: “Más bien parece que nos seducen la dispersión y los abismos que la historia ha creado. Por momentos llegamos a identificarnos más con los constructores de murallas que con los de puentes”, escribe.

¿Qué les falta según pues a los argentinos? se interroga el papa Francisco que se coloca siempre como uno más de ellos asumiendo su propia responsabilidad.



“Faltan el abrazo, el llanto y la pregunta por el padre, por el patrimonio, por las raíces de la Patria. Hay carencia de diálogo”.

Y -socrático- vuelve a preguntar: “¿es verdad que los argentinos no queremos dialogar?”.

Para Francisco el problema de los argentinos es que“sucumbimos víctimas de actitudes que no nos permiten dialogar, como la prepotencia, no saber escuchar, la crispación del lenguaje comunicativo, la descalificación previa y tantas otras” afirma.

Y aprovecha el Papa para exponer no sólo a sus conciudadanos, sino esta vez a todos nosotros, lo que para él debe ser el diálogo: “una actitud de respeto hacia otra persona, de un convencimiento de que el otro tiene algo bueno que decir; supone hacer lugar en nuestro corazón a su punto de vista, a su opinión y a su propuesta”.

“Dialogar entraña una acogida cordial y no una condena previa. Para dialogar hay que bajar las defensas, abrir las puertas de casa y ofrecer calidez humana”.

Francisco en su prólogo, comentando el tema del diálogo quiso exponer también“las barreras que en lo cotidiano impiden ese diálogo” franco y respetuoso.

Esas barreras son, según él “la desinformación, el chisme, el prejuicio y la difamación”. Todas esas barreras -dice Francisco- “conforman un cierto amarillismo cultural que ahoga toda apertura hacia los demás. Y así se traban el diálogo y el encuentro”.

Francisco no pierde sin embargo la esperanza y recuerda a sus compatriotas que el “frontispicio de la Catedral está allí, como una invitación”, al encuentro y al diálogo entre todos los argentinos.



viernes, 21 de junio de 2013

La Argentina Estremecedora ( "No te olvides de Angeles Rawson")


El enigma de la calle Ravignani
Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION


" ... Alejadas de las luces falsas de Palermo Hollywood, Ravignani y Arévalo siguen siendo de alguna manera lo que fueron. Lo atestigua, en la esquina de Paraguay, a metros del teatro de la tragedia, el mítico Montecarlo, un bar deliberadamente anticuado e irresistible donde pasamos parte de la juventud y donde hoy toman café y escriben narradores, pintores, fotógrafos y periodistas. No se charla, en estos días, de nada que no sea el desenlace fatídico de Ángeles Rawson. Un poco más allá, en Arévalo y Guatemala, las mesas del Horno del Norte están como siempre atestadas: las conversaciones van y vienen de los sospechosos y los datos que no cierran a la cara del padrastro, la inverosimilitud del portero y las acechanzas del barrio.(...) El asunto parecía, al comienzo, una violación seguida de muerte. Esa figura impactaba de lleno en la política de seguridad del Gobierno y espantaba a todos, puesto que implicaba la posibilidad de que existiera un psicópata suelto capaz de raptar a una jovencita en pleno día y arrojarla luego a un contenedor. Aunque la investigación se aleja cada vez más de esa alternativa, los vecinos desconfían, vigilan celosamente los horarios de llegadas y salidas de sus hijos, y extreman el cuidado. La idea de que esa novela de terror haya derivado en un acertijo de Agatha Christie transmitido día y noche, en vivo y en directo, por la televisión no dejó de ser confortable. Pero como en la Argentina las autopsias y los peritajes tienen la reputación bien ganada de ser precarios y cambiantes, como nadie confía en la capacidad deductiva de nuestra policía, como todo parece siempre atado con alambre en este país bananero, mejor prevenir que curar(...)   Este crimen no pasó inadvertido acaso porque sucedió en los territorios de la clase media (la razón no parece ser el robo, tal vez ni siquiera el sexo) y porque tiene visos de enigma policíaco (quién, cómo, por qué). Esos condimentos, sumados a nuestra patología social, bastaron para convertirlo en un folletín irrenunciable y policlasista dirigido por Alfred Hitchcock, quien alguna vez dijo: "La televisión ha vuelto a traer el asesinato a las casas, es decir, adonde pertenece" (...). "Es un poco áspero decirlo, pero la muerte de Ángeles trocó del estupor y la angustia de un principio a un cierto espíritu deportivo: en reuniones familiares del fin de semana se dejó de discutir sobre política y se pasó a debatir ardorosamente sobre hipótesis y sospechosos. Cada uno tiene su teoría y su culpable, y todos juegan a ser Columbos suspicaces sacando conclusiones apresuradas sobre la base de datos provisionales o a veces directamente erróneos. Una llamada, un manojo de llaves, una frase deslizada en un reportaje, el aspecto lombrosiano de un familiar o un rumor cualquiera se transforman así en piezas sólidas de un rompecabezas dibujado en el agua. Todos viven este drama como si fuera una miniserie apasionante, donde cada cual juega su propio ingenio y ninguno quiere perder. Provisoriamente, la grieta social que se abrió por la política se cerró en una tregua inesperada: todos nos cohesionamos frente a un enemigo común. El asesinato. Del que todos somos inocentes, hasta que se demuestre lo contrario..."  (leer nota completa)

viernes, 14 de junio de 2013

Desafios II: Renunciar a la prepotencia.

 por Alejandro Lodi

(Mayo 2013)



Prepotencia: poder superior al de otros o gran poder… Abuso o alarde de poder. (Diccionario Enciclopédico Vox. Larousse Editorial).

Este artículo trata sobre nuestra prepotencia argentina.

Nos gusta la prepotencia. Disciplinar. Obligar al otro. Exigir fidelidad a una autoridad suprema. Benéfica, como un padre adorado. O una madre. Como padres ejemplares, los líderes no pueden ser criticados, sino venerados. Incondicionalmente, sin observaciones. (El poder otorgado al líder es proyección del anhelo de poder personal de nosotros, sus seguidores. El afecto otorgado al líder es proyección de la necesidad de afecto personal de nosotros, sus seguidores. Líderes buenos, a diferencia de líderes malos. Padres que nos quieren, a diferencia de padres que no nos quieren).

Nos gusta la verticalidad. La actitud marcial ante la vida. Militar. Andar parando a gritos. Que el todo se subordine a una parte. Que una facción ordene a todos. Nos gusta festejar el padecimiento de otros. Antes que guardar piadoso silencio, celebrar ante sus miradas dolientes. Reír en sus caras. Cargarlos. Y creemos que esa carga no tendrá consecuencias. Hacer callar, no dar espacio, someter a silencio. Es excitante. Produce una atracción irresistible. Adictiva. Nos gusta negarle existencia al otro. “No existís”. Negarles humanidad a los que sentimos diferentes. “No son humanos. Son bestias”. Quisiéramos que eso ocurra. Que se vayan todos. Que no estén más. Que desaparezcan.

Un ideal de exclusión. Un país de nosotros y no de ellos. Sin ellos. O con ellos sometidos a vivir como nosotros queremos. La exclusión justificada por nobles motivos, dignas aspiraciones nacionales, patrióticos intereses, revolucionarias necesidades. El disfrute de algunos presentado como la fiesta de todos. Apropiarse de lo comunitario en beneficio de lo particular. De lo colectivo a favor de lo privado. Apoderarse de valores compartidos para presentarlos como atributos personales exclusivos.

¿Qué condición se requiere para justificar estas conductas? El patrón arquetípico más básico: el otro debe ser un enemigo. El vínculo debe ser “él o yo”. Un vínculo bélico. Y, para eso, en mí debe sintetizarse el absoluto bien y en el otro el absoluto mal. Yo debo encarnar la vida y el otro la muerte. Yo el amor y el otro el odio. Yo la patria y el otro el extranjero. Yo la dignidad y el otro el sometimiento. Yo los valores sagrados y el otro la subversión. Yo la humanidad y el otro la barbarie.

En ese imaginario, la capacidad de comprensión e inclusión se reduce a niveles de escasez patológica. Comprender e incluir es antídoto del autoritarismo y la megalomanía. Como la compasión lo es de la crueldad. Nos alejamos con increíble facilidad de esos talentos redentores. Nos encanta el vértigo de lo opuesto. Sintiendo que somos si confrontamos. Allí creemos estar vivos. Excitados en el desprecio del otro nos creemos vitales. Crueles nos creemos justos.

(...)

Por fortuna, desde hace 30 años nos mantenemos comprometidos con el sistema que más posibilidades parece permitir para disolver aquel encantador imaginario excluyente: una democracia republicana, sostenida en el reparto y articulación del poder en tres estamentos institucionales (ejecutivo, legislativo y judicial). Esa forma de significar la representación popular conjura el riesgo autocrático de otorgar la suma del poder público a una sola persona consagrándola como supremo gobernante, supremo legislador y supremo juez. Difícil imaginar qué otro sistema ofrecería mejores condiciones para madurar la convivencia.

¿Nos imaginamos siendo capaces, como comunidad, de comprometernos con un “propósito de exclusión cero”? ¿Nos imaginamos compartiendo una visión incluyente? ¿Nos imaginamos aceptando resignar la fascinante atracción por la conquista del control exclusivo del poder a favor de que circule del modo más libre (y, por lo tanto, más creativo) posible, con las mayores garantías individuales de derecho y las menores arbitrariedades de desigualdad que sepamos contener? La revelación del Ascendente en Libra es directamente proporcional al agotamiento de ese hechizo de concentración mesiánica del poder. El talento incluyente de Júpiter en casa I modulando su propia inercia a la autoexaltación.

Argentina necesita una constelación familiar.

Desafíos I: Renunciar a Justificar la muerte.


por Alejandro Lodi

(septiembre 2012)



… Nuestra fascinante atracción por los absolutos, la excitación por la sensación de poder que proveen las convicciones cerradas, la necesidad de creer en “ismos”, hace que resulte todo un desafío de coraje responder a la sensibilidad compasiva. Los tiempos de XII son oportunos para abrir esa dimensión sensible, pero al hacerlo será inevitable tomar conciencia de supuestos que la bloquean y que están vivos en nuestro inconsciente colectivo.

Ser transversales en el dolor aparece como una necesidad en determinado momento del proceso de la propia herida. La crueldad de la última dictadura y el horror de sus consecuencias están siendo saldadas en la justicia. Y en tiempos de XII hemos asistido al reconocimiento público de Videla de que aquellas acciones que condujo fueron delitos. Y es crucial no convertir a esos militares en chivos expiatorios que purgan culpas que, en verdad, pesan en la conciencia de la sociedad. La aparición de esa oscura purificación, la orden de “exterminar el accionar subversivo”, fue la respuesta de una sociedad con miedo, polarizada en las creencias cerradas del fundamentalismo del orden. En ese miedo, matar deliberadamente a otro ser humano aparece justificado. Sin embargo, lo más difícil es aceptar que la voluntad de aquella juventud idealista de los ´70 también estaba gobernada por un fundamentalismo revolucionario que cobijaba la oscura fascinación de la muerte purificadora. El desafío de compasión que sugiere ser transversales en el dolor exige reconocer la justificación de la muerte que implican los ideales que alimentaron la violencia política de los ´70. Esos ideales de un mundo nuevo que rescate el valor de la vida y que repare el sufrimiento humano, en verdad, también expresaron un desprecio por la vida y generaron más sufrimiento. Y esta es una paradoja muy dolorosa de asumir conscientemente.

Cada muerte tiene un nombre, una historia. Cada muerte ha marcado muchas vidas. Cada muerte invita a la compasión, a la valentía de renunciar a todo intento de justificarla. Algunas voces han surgido en esta dirección. Cuentan con el valor de la autoridad de haber vivido y sufrido los hechos. Durante los 2000, Oscar Del Barco -filósofo y militante revolucionario en los ´70- hizo oír su voz:

“…Ningun justificativo nos vuelve inocentes. No hay “causas” ni “ideales” que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano…”.

Y en 2012, Norma Morandini, hermana de dos desaparecidos, escribe en su libro “De la culpa al perdón”:

“…Si los años setenta no pueden reducirse sólo a la lógica de la violencia, tampoco pueden glorificarse. El relato que seamos capaces de forjar no puede ser prisionero de la mentira ni del oportunismo político, que se asemeja mucho a la falsificación histórica. Restan las razones más hondas, encuadradas como dilemas morales. Ningún fin, ningún ideal, puede servir como atenuante para eludir las responsabilidades que cada uno pudo tener en la tragedia colectiva. Cuánto más si se causó de manera intencional el sufrimiento de otros. O la muerte, tan exaltada como valor en la cultura revolucionaria…”.

Esa desvalorización de la vida, esa subordinación de la vida a otros valores (nacionalistas, económicos, religiosos, revolucionarios, etc.), esa indiferencia al dolor ajeno en virtud al apego a imágenes idealizadas (más egoístas o más solidarias), recorre nuestra historia, con variedad de matices ideológicos, políticos o de clase. Y parece que requerimos llegar a situaciones de gravedad trágica para registrarlas conscientemente. Como si fuera necesario llegar a extremos de catástrofe para adquirir sentido de realidad. Fue necesaria la experiencia extrema de la guerra de Malvinas para ver la sombra del poder militar, fue necesario el martirio del soldado Carrasco para ver el sometimiento y los abusos del servicio militar obligatorio, fue necesaria la tragedia de Cromagnon para ver la inconsciencia de prender bengalas en lugares cerrados y la laxitud de los controles legales. Y hoy es necesario sentirnos víctimas de la más irracional delincuencia para ver el grado de exclusión, marginalidad y descomposición social al que parecen condenados millones de nosotros.

Lejos de la compasión, allí somos capaces de rozar la impiedad. De desear el sufrimiento del otro. De disfrutar con su padecimiento. Desde el “viva el cáncer” que alguien pintó en una pared mientras Eva Duarte agonizaba, pasando por la perversa campaña de autoadhesivos con la inscripción “los argentinos somos derechos y humanos” lanzada en un momento de secuestros y desapariciones de personas, hasta llegar a la sórdida humorada de llamar “operación Traviata” al asesinato de Rucci o de ofrecer la “tabla de fiambres Pedro Eugenio” en un progresista restaurante temático de Palermo…

(Fragmento de “Gira democrática y misteriosa – quinta parte”).

http://alejandrolodi.wordpress.com/2012/10/01/renunciar-a-justificar-la-muerte/

La Argentina en Pedazos.


Una historia de la violencia en la historia argentina a través de la ficción.

Autor: Ricardo Piglia (1993)

Para ver el episodio dedicado a esta obra
de la serie de TV "Continuará" emitido por el Canal Encuentro, clikeá AQUÍ

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