(Mayo 2013)

Prepotencia: poder superior al de otros o gran poder… Abuso o alarde de poder. (Diccionario Enciclopédico Vox. Larousse Editorial).
Este artículo trata sobre nuestra prepotencia argentina.
Nos gusta la prepotencia. Disciplinar. Obligar al otro. Exigir fidelidad a una autoridad suprema. Benéfica, como un padre adorado. O una madre. Como padres ejemplares, los líderes no pueden ser criticados, sino venerados. Incondicionalmente, sin observaciones. (El poder otorgado al líder es proyección del anhelo de poder personal de nosotros, sus seguidores. El afecto otorgado al líder es proyección de la necesidad de afecto personal de nosotros, sus seguidores. Líderes buenos, a diferencia de líderes malos. Padres que nos quieren, a diferencia de padres que no nos quieren).
Nos gusta la verticalidad. La actitud marcial ante la vida. Militar. Andar parando a gritos. Que el todo se subordine a una parte. Que una facción ordene a todos. Nos gusta festejar el padecimiento de otros. Antes que guardar piadoso silencio, celebrar ante sus miradas dolientes. Reír en sus caras. Cargarlos. Y creemos que esa carga no tendrá consecuencias. Hacer callar, no dar espacio, someter a silencio. Es excitante. Produce una atracción irresistible. Adictiva. Nos gusta negarle existencia al otro. “No existís”. Negarles humanidad a los que sentimos diferentes. “No son humanos. Son bestias”. Quisiéramos que eso ocurra. Que se vayan todos. Que no estén más. Que desaparezcan.
Un ideal de exclusión. Un país de nosotros y no de ellos. Sin ellos. O con ellos sometidos a vivir como nosotros queremos. La exclusión justificada por nobles motivos, dignas aspiraciones nacionales, patrióticos intereses, revolucionarias necesidades. El disfrute de algunos presentado como la fiesta de todos. Apropiarse de lo comunitario en beneficio de lo particular. De lo colectivo a favor de lo privado. Apoderarse de valores compartidos para presentarlos como atributos personales exclusivos.
¿Qué condición se requiere para justificar estas conductas? El patrón arquetípico más básico: el otro debe ser un enemigo. El vínculo debe ser “él o yo”. Un vínculo bélico. Y, para eso, en mí debe sintetizarse el absoluto bien y en el otro el absoluto mal. Yo debo encarnar la vida y el otro la muerte. Yo el amor y el otro el odio. Yo la patria y el otro el extranjero. Yo la dignidad y el otro el sometimiento. Yo los valores sagrados y el otro la subversión. Yo la humanidad y el otro la barbarie.
En ese imaginario, la capacidad de comprensión e inclusión se reduce a niveles de escasez patológica. Comprender e incluir es antídoto del autoritarismo y la megalomanía. Como la compasión lo es de la crueldad. Nos alejamos con increíble facilidad de esos talentos redentores. Nos encanta el vértigo de lo opuesto. Sintiendo que somos si confrontamos. Allí creemos estar vivos. Excitados en el desprecio del otro nos creemos vitales. Crueles nos creemos justos.
(...)
Por fortuna, desde hace 30 años nos mantenemos comprometidos con el sistema que más posibilidades parece permitir para disolver aquel encantador imaginario excluyente: una democracia republicana, sostenida en el reparto y articulación del poder en tres estamentos institucionales (ejecutivo, legislativo y judicial). Esa forma de significar la representación popular conjura el riesgo autocrático de otorgar la suma del poder público a una sola persona consagrándola como supremo gobernante, supremo legislador y supremo juez. Difícil imaginar qué otro sistema ofrecería mejores condiciones para madurar la convivencia.
¿Nos imaginamos siendo capaces, como comunidad, de comprometernos con un “propósito de exclusión cero”? ¿Nos imaginamos compartiendo una visión incluyente? ¿Nos imaginamos aceptando resignar la fascinante atracción por la conquista del control exclusivo del poder a favor de que circule del modo más libre (y, por lo tanto, más creativo) posible, con las mayores garantías individuales de derecho y las menores arbitrariedades de desigualdad que sepamos contener? La revelación del Ascendente en Libra es directamente proporcional al agotamiento de ese hechizo de concentración mesiánica del poder. El talento incluyente de Júpiter en casa I modulando su propia inercia a la autoexaltación.
Argentina necesita una constelación familiar.
Por fortuna, desde hace 30 años nos mantenemos comprometidos con el sistema que más posibilidades parece permitir para disolver aquel encantador imaginario excluyente: una democracia republicana, sostenida en el reparto y articulación del poder en tres estamentos institucionales (ejecutivo, legislativo y judicial). Esa forma de significar la representación popular conjura el riesgo autocrático de otorgar la suma del poder público a una sola persona consagrándola como supremo gobernante, supremo legislador y supremo juez. Difícil imaginar qué otro sistema ofrecería mejores condiciones para madurar la convivencia.
¿Nos imaginamos siendo capaces, como comunidad, de comprometernos con un “propósito de exclusión cero”? ¿Nos imaginamos compartiendo una visión incluyente? ¿Nos imaginamos aceptando resignar la fascinante atracción por la conquista del control exclusivo del poder a favor de que circule del modo más libre (y, por lo tanto, más creativo) posible, con las mayores garantías individuales de derecho y las menores arbitrariedades de desigualdad que sepamos contener? La revelación del Ascendente en Libra es directamente proporcional al agotamiento de ese hechizo de concentración mesiánica del poder. El talento incluyente de Júpiter en casa I modulando su propia inercia a la autoexaltación.
Argentina necesita una constelación familiar.
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