El enigma de la calle Ravignani
Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION
" ... Alejadas de las luces falsas de Palermo Hollywood, Ravignani y Arévalo siguen siendo de alguna manera lo que fueron. Lo atestigua, en la esquina de Paraguay, a metros del teatro de la tragedia, el mítico Montecarlo, un bar deliberadamente anticuado e irresistible donde pasamos parte de la juventud y donde hoy toman café y escriben narradores, pintores, fotógrafos y periodistas. No se charla, en estos días, de nada que no sea el desenlace fatídico de Ángeles Rawson. Un poco más allá, en Arévalo y Guatemala, las mesas del Horno del Norte están como siempre atestadas: las conversaciones van y vienen de los sospechosos y los datos que no cierran a la cara del padrastro, la inverosimilitud del portero y las acechanzas del barrio.(...) El asunto parecía, al comienzo, una violación seguida de muerte. Esa figura impactaba de lleno en la política de seguridad del Gobierno y espantaba a todos, puesto que implicaba la posibilidad de que existiera un psicópata suelto capaz de raptar a una jovencita en pleno día y arrojarla luego a un contenedor. Aunque la investigación se aleja cada vez más de esa alternativa, los vecinos desconfían, vigilan celosamente los horarios de llegadas y salidas de sus hijos, y extreman el cuidado. La idea de que esa novela de terror haya derivado en un acertijo de Agatha Christie transmitido día y noche, en vivo y en directo, por la televisión no dejó de ser confortable. Pero como en la Argentina las autopsias y los peritajes tienen la reputación bien ganada de ser precarios y cambiantes, como nadie confía en la capacidad deductiva de nuestra policía, como todo parece siempre atado con alambre en este país bananero, mejor prevenir que curar(...) Este crimen no pasó inadvertido acaso porque sucedió en los territorios de la clase media (la razón no parece ser el robo, tal vez ni siquiera el sexo) y porque tiene visos de enigma policíaco (quién, cómo, por qué). Esos condimentos, sumados a nuestra patología social, bastaron para convertirlo en un folletín irrenunciable y policlasista dirigido por Alfred Hitchcock, quien alguna vez dijo: "La televisión ha vuelto a traer el asesinato a las casas, es decir, adonde pertenece" (...). "Es un poco áspero decirlo, pero la muerte de Ángeles trocó del estupor y la angustia de un principio a un cierto espíritu deportivo: en reuniones familiares del fin de semana se dejó de discutir sobre política y se pasó a debatir ardorosamente sobre hipótesis y sospechosos. Cada uno tiene su teoría y su culpable, y todos juegan a ser Columbos suspicaces sacando conclusiones apresuradas sobre la base de datos provisionales o a veces directamente erróneos. Una llamada, un manojo de llaves, una frase deslizada en un reportaje, el aspecto lombrosiano de un familiar o un rumor cualquiera se transforman así en piezas sólidas de un rompecabezas dibujado en el agua. Todos viven este drama como si fuera una miniserie apasionante, donde cada cual juega su propio ingenio y ninguno quiere perder. Provisoriamente, la grieta social que se abrió por la política se cerró en una tregua inesperada: todos nos cohesionamos frente a un enemigo común. El asesinato. Del que todos somos inocentes, hasta que se demuestre lo contrario..." (leer nota completa)
" ... Alejadas de las luces falsas de Palermo Hollywood, Ravignani y Arévalo siguen siendo de alguna manera lo que fueron. Lo atestigua, en la esquina de Paraguay, a metros del teatro de la tragedia, el mítico Montecarlo, un bar deliberadamente anticuado e irresistible donde pasamos parte de la juventud y donde hoy toman café y escriben narradores, pintores, fotógrafos y periodistas. No se charla, en estos días, de nada que no sea el desenlace fatídico de Ángeles Rawson. Un poco más allá, en Arévalo y Guatemala, las mesas del Horno del Norte están como siempre atestadas: las conversaciones van y vienen de los sospechosos y los datos que no cierran a la cara del padrastro, la inverosimilitud del portero y las acechanzas del barrio.(...) El asunto parecía, al comienzo, una violación seguida de muerte. Esa figura impactaba de lleno en la política de seguridad del Gobierno y espantaba a todos, puesto que implicaba la posibilidad de que existiera un psicópata suelto capaz de raptar a una jovencita en pleno día y arrojarla luego a un contenedor. Aunque la investigación se aleja cada vez más de esa alternativa, los vecinos desconfían, vigilan celosamente los horarios de llegadas y salidas de sus hijos, y extreman el cuidado. La idea de que esa novela de terror haya derivado en un acertijo de Agatha Christie transmitido día y noche, en vivo y en directo, por la televisión no dejó de ser confortable. Pero como en la Argentina las autopsias y los peritajes tienen la reputación bien ganada de ser precarios y cambiantes, como nadie confía en la capacidad deductiva de nuestra policía, como todo parece siempre atado con alambre en este país bananero, mejor prevenir que curar(...) Este crimen no pasó inadvertido acaso porque sucedió en los territorios de la clase media (la razón no parece ser el robo, tal vez ni siquiera el sexo) y porque tiene visos de enigma policíaco (quién, cómo, por qué). Esos condimentos, sumados a nuestra patología social, bastaron para convertirlo en un folletín irrenunciable y policlasista dirigido por Alfred Hitchcock, quien alguna vez dijo: "La televisión ha vuelto a traer el asesinato a las casas, es decir, adonde pertenece" (...). "Es un poco áspero decirlo, pero la muerte de Ángeles trocó del estupor y la angustia de un principio a un cierto espíritu deportivo: en reuniones familiares del fin de semana se dejó de discutir sobre política y se pasó a debatir ardorosamente sobre hipótesis y sospechosos. Cada uno tiene su teoría y su culpable, y todos juegan a ser Columbos suspicaces sacando conclusiones apresuradas sobre la base de datos provisionales o a veces directamente erróneos. Una llamada, un manojo de llaves, una frase deslizada en un reportaje, el aspecto lombrosiano de un familiar o un rumor cualquiera se transforman así en piezas sólidas de un rompecabezas dibujado en el agua. Todos viven este drama como si fuera una miniserie apasionante, donde cada cual juega su propio ingenio y ninguno quiere perder. Provisoriamente, la grieta social que se abrió por la política se cerró en una tregua inesperada: todos nos cohesionamos frente a un enemigo común. El asesinato. Del que todos somos inocentes, hasta que se demuestre lo contrario..." (leer nota completa)
