domingo, 29 de mayo de 2011

Razones para la Esperanza

por Sergio Berensztein



Los procesos de aprendizaje nunca son lineales. A menudo las sociedades maduran grandes transformaciones indescifrables para sus contemporáneos. 


A menudo lo esencial es invisible a los ojos. Abrumados por el vértigo de una realidad objetivamente difícil, solemos entregarnos a la resignación y el desasosiego, perdiendo de vista otros elementos que, analizados con más distancia y menos pasión, podrían brindarnos una impresión mucho más esperanzadora acerca de lo que en verdad es y puede llegar a ser el futuro de la Argentina.


El Bicentenario nos encuentra con un sabor amargo poco novedoso. Venimos arrastrando la sensación de que el nuestro es un país sin destino, los argentinos no aprendemos más de nuestros errores y no hay motivos para pensar que las cosas vayan a cambiar en el corto plazo.
Pero se trata de una sensación un tanto injusta e incluso exagerada. Vale preguntarnos si la Argentina alcanzó alguna vez en el pasado los niveles de democratización de hoy. Podríamos enumerar una dilatada lista de asignaturas pendientes en materia de calidad institucional, debilidad de los partidos políticos, falta de transparencia, preocupantes retrocesos recientes en materia de libertad de expresión y desarrollo de nuevos enclaves autoritarios. Sin embargo, es indudable que luego de más de cinco lustros de continuidad institucional, de haber consagrado una nueva Constitución y de haber superado el desafío de la alternancia en el poder, la democracia es hoy más sólida que nunca antes en el pasado. No existen actores políticos y sociales mínimamente relevantes que planteen su supresión parcial o total.
Hoy ya nadie se anima a defender la violencia como un método legítimo en la lucha por el poder. Más aún, a pesar de haberse convertido en una máquina pesada, carísima, arbitraria, opaca e indisimulablemente manipulada por intereses mezquinos, el aparato del Estado ya no alberga en sus entrañas a aquellas falanges irracionales que con distinto nombre, pretextos e ideologías han perseguido, torturado, violado e incluso asesinado personas por pensar diferente.
En efecto, la idea fuerza "Nunca más" terminó por convertirse en una suerte de inscripción imaginaria en nuestra bandera, que nos protege de nuestros propios instintos y hasta nos proyecta en el mundo como un ejemplo de valentía y apuesta heroica por la justicia y la razón(leer más)

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