Tomás Eloy Martínez | Ver perfil

La batalla de un hombre solo
Sábado 18 de marzo de 2006 | Publicado en edición impresa
BOSTON
Conocí a Boris Spivacow, uno de los más grandes editores argentinos –si no el más grande de todos–, hacia 1978, mientras yo vivía exiliado en Caracas y él se exponía en Buenos Aires a las arbitrariedades de la dictadura militar, sin preocuparse por las consecuencias. “No tengo miedo –me dijo más de una vez–. No tendría por qué tenerlo. ¿Acaso estoy haciendo algo malo?”
Pocos argentinos discernían entonces con claridad qué estaba bien y qué mal, y a miles de personas les costó la vida esa confusión en la brújula de las certezas. Boris confiaba en sus propios valores y sabía exactamente lo que quería: poner todas las expresiones del conocimiento y de la imaginación al alcance del mayor número de personas. Quería educar e informar.
En esos años de sordera y de estulticia, tales intenciones equivalían a apuntar con un arma de guerra a la cara de los comandantes militares. El éxito de la dictadura se basaba en la ignorancia, en dictámenes autoritarios que nadie osaba discutir. Con una ingenuidad de otro mundo, Boris Spivacow desafiaba al poder todos los días, publicando más de 250 libros al año en su pequeña empresa, el Centro Editor de América Latina... (leer más)
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